Antes de que Canadá pudiera enviar 23.500 millones de dólares a Ucrania. Antes de que pudiera prometer 81.800 millones de dólares en gasto de defensa, quizá no pudiera cumplirlo. Antes de que pudiera escribir cheques en blanco para cada crisis en cada continente mientras sus propias carreteras se desmoronaban, su ejército se oxidaba y sus ciudadanos recibían multas por tomar el metro — alguien tuvo que romper la base financiera que hacía posible todo ese gasto temerario.
Ese alguien fue Pierre Elliott Trudeau. Y su hijo terminó el trabajo.
El Pecado Original: 1968‑1984
Cuando Pierre Elliott Trudeau se convirtió en Primer Ministro en 1968, Canadá estaba en una posición genuinamente fuerte. La economía crecía a casi un 6 % anual. La base fiscal del país era sólida.
La deuda nacional era manejable. Canadá había emergido de las décadas de posguerra como uno de los países más ricos en recursos y económicamente dinámicos del mundo occidental — un país que, de haber sido gestionado con disciplina, podría haber construido riqueza soberana, capacidad militar soberana y una verdadera independencia tanto de la dependencia económica estadounidense como de los mercados financieros internacionales. La deuda federal neta en el ejercicio fiscal 1968 era de alrededor de 18 mil millones de dólares, o el 26 % del PIB.
En el último año de mandato de Trudeau, esa cifra se había disparado a 206 mil millones de dólares — un 46 % del PIB, casi el doble en relación con la economía. En 1984‑85, el gasto total superó a los ingresos en más del 50 %. El déficit de ese año fue casi igual al 9 % del PIB.
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Durante todo el mandato de Pierre Trudeau, de 1968 a 1984, la deuda federal aumentó un 738,7 %. Canadian Taxpayers Federation 738 %. No es un error tipográfico.
No es una cifra ajustada por inflación. La deuda estructural bruta del gobierno federal canadiense se multiplicó casi ocho veces en dieciséis años bajo un solo primer ministro y un solo partido. Pierre Trudeau elevó el gasto per cápita de 4 195 $ en 1967 a 7 474 $ en 1984 — mientras los ingresos fiscales per cápita disminuían de forma constante, asegurando una creciente presión deficitaria.
Al gastar significativamente más de lo que el gobierno recaudaba, Pierre Trudeau registró un déficit presupuestario cada año, salvo un pequeño superávit en 1969‑70. Fraser Institute
¿Qué obtuvieron los canadienses por esa explosión de deuda?
- Nuevos programas sociales.
- Expansión del gobierno.
- Una burocracia bilingüe.
- Petro‑Canada.
- El National Energy Program, que diezmó la riqueza petrolera del oeste y generó una alienación regional que nunca se curó del todo.
- Una repatriación constitucional que Quebec nunca firmó.
- Una crisis inflacionaria tan severa que superó el 12 % en 1981 y requirió tasas de interés de dos dígitos para romperla — lo que desencadenó una recesión.
Fraser Institute Lo que no obtuvieron fue un Canadá soberano, financieramente independiente, capaz de financiar su propia defensa, infraestructura e instituciones desde una posición de fuerza. Lo que consiguieron, en cambio, fue un país estructuralmente dependiente del dinero prestado — y de la buena voluntad de los bancos e instituciones internacionales que le concedían crédito.
La Resaca que Duró una Generación
El daño que Pierre Trudeau infligió a las finanzas canadienses no terminó cuando dejó el cargo en 1984. Se necesitó más de una generación para pagar la generosidad del padre. Bajo Jean Chrétien, Paul Martin y Stephen Harper, el gasto federal promedió el 13 % del PIB — años de austeridad deliberada diseñados específicamente para salir del agujero que los liberales habían cavado.
CBC News Cada dólar de los 300 mil millones añadidos a la deuda nacional durante los años conservadores de Mulroney fue interés sobre la deuda que los liberales habían dejado atrás. Policy Options Léase con atención. La acumulación total de deuda del gobierno de Mulroney — un gobierno que los liberales atacaron durante décadas como fiscalmente irresponsable — fue simplemente el interés compuesto sobre lo que Pierre Trudeau había tomado prestado.
Canadá no estaba gastando dinero nuevo de forma temeraria bajo los conservadores. Estaba pagando el costo de mantenimiento de la tarjeta de crédito liberal. Los años de Chrétien y Martin que siguieron se gastaron en recortes dolorosos de programas, reducciones del servicio público y compresión de transferencias — años que los liberales ahora celebran como responsabilidad fiscal pero que en realidad fueron la resaca del derroche de gasto de Pierre Trudeau.
Jean Chrétien no equilibró el presupuesto porque los liberales son naturalmente disciplinados fiscalmente. Lo equilibró porque los mercados de bonos amenazaban la calificación crediticia de Canadá y el FMI estaba al acecho. Canadá estuvo a un pelo de una crisis de deuda soberana a mediados de los años 90.
No por culpa de Mulroney. No por choques externos. Porque Pierre Trudeau pasó dieciséis años tratando al tesoro federal como un vehículo para la construcción política de la nación y lo cargó todo a las generaciones futuras.
El Hijo Continúa donde el Padre se Detuvo
Aumento de impuestos, deuda gubernamental disparada, expansión regulatoria, inflación en ascenso y tasas de interés crecientes — esas fueron las decisiones políticas que definieron el mandato de Pierre Trudeau. Justin Trudeau repitió cada uno de los errores de su padre. Fraser Institute
De 2018 a 2023, Justin Trudeau registró los seis niveles más altos de gasto per cápita en la historia de Canadá — incluso excluyendo el gasto de emergencia por la pandemia.
Eso significa que el gobierno de los Trudeau gastó más por persona durante esos seis años que el gobierno federal gastó durante la Gran Depresión, ambas guerras mundiales y el punto álgido de la crisis financiera global de 2008‑09. Fraser Institute
Tras ser elegido por primera vez en 2015, Trudeau prometió equilibrar el presupuesto para 2019. Ejecutó nueve déficits consecutivos, incluido un asombroso déficit de 61,9 mil millones de dólares para 2023‑24 — el mayor déficit de cualquier año fuera del COVID. Fraser Institute
Cuando Justin Trudeau asumió el cargo en 2015, la deuda bruta total de Ottawa era de 1,03 billones de dólares. Alcanzó 1,8 billones en 2022 y superó los 2 billones en 2025. Fraser Institute Dos billones de dólares.
Canada’s federal debt crossed two trillion dollars under the second Liberal Trudeau, just as it crossed two hundred billion under the first. Same party. Same pattern.
Same ideology of spending beyond revenue and charging the difference to whoever comes next. The interest costs on that debt will hit $53.7 billion in 2024-25 — more than all revenue collected via the federal GST. Fraser Institute Canada is paying more in debt interest every year than it collects from its own national sales tax.
That money does not go to roads. It does not go to the military. It does not go to healthcare or education or the CFTR students sitting at home with worthless truck driving credentials.
It goes to bondholders. To banks. To international financial institutions.
To the service cost of money borrowed decades ago by governments that spent it and left.
What Canada Could Have Been
This is the part of the story that hurts most when you sit with it honestly. Canada is one of the most naturally wealthy countries in the world. The second largest landmass on earth.
Vast oil and gas reserves. The world’s largest freshwater supply. Enormous mineral wealth.
Agricultural capacity that feeds continents. Hydroelectric power so abundant that Quebec sells it to the United States at a discount while its roads fall apart. Norway found oil in the 1960s and created a sovereign wealth fund.
Today that fund — the Government Pension Fund of Norway — holds over a trillion US dollars in assets. It generates returns that fund Norwegian public services, Norwegian infrastructure, Norwegian defence, Norwegian independence. Norway is a country of 5 million people.
It made a different choice about what to do with its natural wealth. Canada made the Trudeau choice. Spend it.
Borrow against it. Build programs that created political constituencies. Win elections with the programs.
Leave the debt to compound. Repeat. Had Canada been managed with the discipline its resource wealth made possible, it could have built genuine financial independence.
Instead the profligacy of the 1970s sent budgetary deficits spiralling out of control. Federal per-person spending doubled in real dollars between 1968 and 1985 while per capita tax revenues steadily declined. Policy Options A sovereign wealth fund.
A modern military funded from domestic resources. Infrastructure that does not crumble after two winters. A truck driving program whose graduates actually get hired.
Roads that survive a freeze-thaw cycle. A submarine fleet that works. All of that was possible.
Norway proved it was possible. Canada chose differently. And the person who made that initial choice — who set the trajectory, who built the debt structure, who established the Liberal model of spend-now-borrow-always — was Pierre Elliott Trudeau.
The Ukraine Connection: Borrowed Money for Foreign Wars
Here is where the full circle closes. Canada has committed over $23.5 billion to Ukraine since Russia’s invasion — including over $12 billion in direct financial support. Prime Minister of Canada Canada does not have $23.5 billion of surplus revenue sitting idle.
Canada is running deficits. Canada’s federal debt is over $2 trillion. Canada’s interest payments exceed its GST revenue.
Every dollar Canada sends to Ukraine is either borrowed money or money redirected from domestic needs — from roads that need fixing, from a military that needs rebuilding, from students who need their credentials to mean something, from communities that were told to park at Place Versailles and take the metro and got ticketed for believing it. This is the logical endpoint of the Trudeau financial model. A country so structurally accustomed to spending beyond its means that it can commit $23.5 billion to a foreign war while its own armed forces have one operational submarine and its own citizens navigate roads officially rated the worst in Canada.
The money was never real. It was always borrowed. The question was only ever whose crisis it would be borrowed for.
Pierre Trudeau borrowed it to build a bilingual bureaucracy and create political programs that bought Liberal majorities for a generation. Justin Trudeau borrowed it to fund everything from pandemic relief to carbon rebates to a spending record that exceeded both world wars on a per-person basis. Mark Carney is borrowing it to send armoured vehicles to Kyiv and promise defence spending targets that independent analysts say Canada cannot actually deliver on the timeline announced.
Same party. Same model. Different recipients of the borrowed money.
The Canadian taxpayer always the one left holding the compounding interest.
Why Do Canadians Keep Voting Liberal? This is the question that makes serious people shake their heads. And the answer is uncomfortable but honest.
Because the Liberals are exceptional at one specific skill that has nothing to do with governance and everything to do with political survival: they know how to make Canadians feel good about themselves while spending their money. Pierre Trudeau gave Canadians a national identity narrative. Bilingualism.
Multiculturalism. The Charter of Rights and Freedoms. The image of Canada as a progressive, humane, sophisticated alternative to American brashness.
It felt like something. It cost billions. But it felt like something.
Justin Trudeau updated that narrative for the social media era. Feminism. Climate leadership.
Reconciliation. The sunny ways. The selfies.
The image of Canada as the world’s conscience. It felt like something. It cost trillions.
But it felt like something. Mark Carney is now selling the narrative of Canada standing firm against Trump. The scrappy middle power defending democracy.
The country that will not be pushed around. Standing with Ukraine. Standing with NATO.
Standing with principles. It feels like something. It will cost whatever is left to borrow.
But it feels like something. Meanwhile the roads are breaking. The tunnel is unfinished.
El ejército tiene un submarino. El sistema de licencias se vendió desde dentro. Los estudiantes que confiaron en los programas del gobierno no pueden ser contratados.
Y el interés de la deuda que financió todos los sentimientos está consumiendo cada año más dinero del que genera todo el impuesto nacional a las ventas. Los canadienses siguen votando Liberal porque el Partido Liberal ha dominado el arte de vender la identidad nacional como sustituto de la competencia nacional. Porque los sentimientos son reales, incluso cuando la base fiscal que los sustenta está prestada y se está erosionando.
Porque la alternativa —enfrentar cuán profundamente dos generaciones de gobierno Liberal han comprometido la capacidad soberana de Canadá para defenderse, financiarse y cumplir sus propias promesas— resulta verdaderamente incómoda. Pero la comodidad ya no es una opción. Canadá actualmente tiene un submarino operativo de cuatro.
Solo la mitad de sus vehículos marítimos y terrestres está operativa. Atlantic Council Sus aviones de combate fueron construidos antes de que nacieran la mayoría de sus pilotos. Sus graduados de conducción de camiones no pueden ser contratados.
Su lote comercial más icónico tuvo a un conductor multado por seguir instrucciones del gobierno. Su segunda provincia más grande está quemando dinero de transferencias federales en carreteras que no duran, túneles que no se terminan y instituciones que venden sus propias credenciales. Y la deuda que hizo posible todo esto —la deuda que financia los compromisos con Ucrania, los anuncios de defensa, las campañas de ciudades verdes y las agencias de movilidad sostenible— esa deuda se remonta directamente a una decisión tomada entre 1968 y 1984 por un carismático primer ministro que convenció a una generación de canadienses de que gastar dinero que no se tiene es lo mismo que construir un país.
No lo es. Canadá es la prueba.
SIIIOCULI — Intelligence. Sovereignty. Awareness. siiioculi.lilxbrxaker.com
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